Prexorcismo

25 may

Fotografía: Diego Miranda

Por: Pedro José Crespo B.

Hoy tuve una fría imagen al imaginar que llegaba a visitar a mis abuelos y me encontraba con un funeral. Pero un funeral sin público, sin que nadie se enterara de la partida de los difuntos, en el silencio del hogar que edificaron Pedro y Cecilia con la ilusión del matrimonio, hace 56 años. Es angustiante pensar que los familiares cercanos se van sin avisar, lo escribo yo que aún tengo a mi familia completa. Pero creo que es aún peor saber que tienes deudas pendientes con ellos, como un beso en la frente. No sé cómo se me cruzó la imagen del funeral sin velas, ni coronas, ni llanto y ni café, sino uno de silencio, moscas y olvido: ver que ambos murieron hoy, es aún incomprensible.

Desde hace un año, estoy trabajando en un libro que algún día publicaré sobre un estupendo actor de teatro, Edgard Guillén, que abandonó los inmensos escenarios llenos de gente y glamour, para enclaustrarse en su sala y celebrar la obra de viejos dramaturgos europeos en verso: como Shakespeare y Goethe. El tiempo que le dedico a este proyecto sigue llenando hojas, creando imágenes y escarbando recuerdos ajenos. El tiempo que Edgard dedica a su vida parece también pasar y continuar su camino adyacente, hasta que algún día su luz se apague, y no exista más que mis escritos para inmortalizarlo en el mundo. ¿Inmensa tarea, no creen?

Y ahí también están mis abuelos, echados en su cama y viendo la televisión hasta quedarse dormidos. Van cerrando los ojos, y a veces siento la presencia helada de quién visita a quienes ya tienen las maletas hechas, y me levanto a verlos y están bien. De vez en vez bostezan, y a veces conversan en voz baja sobre cosas que no logro aclarar, que suenan tiernas o, otras veces, preocupadas. Incluso, a veces, ríen. Hace años, encontré a mi abuela, en esa misma cama donde ahora ronca, viendo un video de Nirvana porque yo era baterista de una banda; ahora, la veo oyendo a Raúl Tola en el noticiero porque estudio periodismo. Últimamente, no encuentro mayor tranquilidad que ver sus pulmones hincarse bajo las sábanas, inhalando y exhalando, aunque ellos estén postrados ahí con los ojos cerrados.

Pero el capítulo que más me gusta del libro que escribo es el que menciono a un niño solitario conversando con las constelaciones, que después se hizo viejo y siguió solo, y perdió el corazón con la muerte de su único mejor compañero, un poodle llamado Oso. Ahora, a sus 72 años, Edgard es una persona que sólo se acompaña consigo mismo, tanto, que parecen un matrimonio donde el actor pidió como esposa a la soledad y no la suelta. Y beben café pasado. Tal como mis abuelos duermen, como dos amantes que supieron envejecer sin miedo a la muerte, pero sin acostumbrarse a los dolores de la vejez. Sólo que desde la muerte de su mascota, el actor dejó de soñar y hacer teatro para siempre en su casa. En cambio, mis abuelos siguen echados en su cama hasta quedarse dormidos y soñar.

Hoy tuve la muerte de mis abuelos pintada en la pared blanca de mi escalera, mientras subía a besarlos en la frente.
Cada vez que me siento a escribir, siento que redacto el prefacio de la muerte de un actor al que he aprendido a querer bajo la lupa de mi profesión, como un científico sobre un microscopio.


Lo común es censurar el tema de la muerte, para no apresurarla y quizás hacer que nunca llegue a hacer su trabajo. Así quizás podría tener a estas tres personas en perpetuo stand by para cuando la rutina me dé tiempo de visitarlas. Sin embargo, no es así como funciona la vida, ni la fría rutina. Lo poco común del caso es que divagando con la muerte hago que estas líneas sean el contexto perfecto para un sujeto que quiere exorcizarse de ella, para que el día que finalmente llegue esa triste imagen de la pared blanca, no sea espantosa sino más bien reveladora.

El síndrome de Oz: crítica a la crítica

25 may

Fotografía: Pedro José Crespo B.

Por: Eduardo Yalán D.

“Oh- and what`s so stinking about it?“

“It`s stinking world because there´s no law and order anymore.

It`s no world for an old man any more.”

(A Clockwork Orange –film)

Estoy más que seguro que se satisfizo a más de un izquierdista cuando el minúsculo perrito de Dorothy, en la famosa película “El mago de Oz”, corrió la cortina donde se encontraba el maquinista que controlaba al mismísimo “monstruo de Oz”: Pay no attention to that man behind the curtain”. La película estrenada en 1939 aterrizó en un ambiente donde ser de la roja izquierda estaba de moda; increpar, saltar, murmurar y pestañear; es decir, panfletear en contra del sistema hasta sus últimas consecuencias. Fuerontiempos donde descubrir la Verdad (con mayúscula) de los sistemas políticos era el pasa tiempo de los intelectuales, buscar a aquel Mago de Oz y regresar con tal verdad a Kansas. Pero ante esto, parece curioso no darse cuenta de un proceso mental escondido, aquel que relaciona a la “manipulación” con la“intelectualidad”, quizá de aquí se explique que la mayoría de intelectuales son ateos (y más si son de izquierda). ¿Pero en qué medida esta receta de la intelectualidad esta presente en el siglo XXI? No hay que mirar lejos.

Cuando leía a Nicholas Carr en su artículo “is google making us stupid?” me pareció exageradamente curiosa esta expresión: “Over the past few years I’ve had an uncomfortable sense that someone, or something has been tinkering with my brain , remapping the neural circuitry, reprogramming the memory”. Inmediatamente esto hace acordarnos de las neuróticas sentencias de Hugo Chavez (que hace poco prohibió los videojuegos violentos) cuando en sus vituperios máximos achaca a EEUU como “motor y motivo” de las desgracias de la sociedad moderna -entiéndase”desgracias” como el nuevo sentido y proceso mental del mundo moderno-. Es decir, el hombre intelectual, critico del mundo cambiante, ha exportado de su cultura amante de libros empolvados este sentido de que “alguien (no importa que) domina nuestro pensamiento”. Y esta necesidad intelectual de duda con respecto a los aparatos sociales es con la cual se busca interpretar exageradamente incluso a los medios de comunicación:

“el Internet (Twitter, Facebook) es malo para el periodismo”, “¿Dónde están las crónicas de antaño!”, “!La Publicidad nos vende imágenes que nos manipulan!” (Así murmura Jorge Bruce) “El dueño del Facebook es el dueño del mundo y esta planeando algo, no importa que, pero planea” “no te registres en Twitter que es manejado por fuerzas subterráneas” “¡Hay de nosotros! ¡Que vuelvan los textos laboriosos! ¡Que vuelvan junto con Vargas Llosa!”.

Y ni que hablar de Chomsky y sus secuaces. De pensamiento rebelde, con gallardía pragmática, increíble crítico y casi visionario, pero por algún motivo inescrutable, el corazoncito lo tiene rojo. A Chomsky (a quien nuestro Ollanta Humala admira mucho) no le gusta que los medios de la comunicación y en especial la publicidad “nos vendan la moto”, siempre esta repreguntándose sobre los nuevos amos del mundo, y le fastidia de sobremanera la mercantilización del intelecto, la empresa privada, el pensamiento moderno, y otra vez la jodida publicidad…Por eso que Fujimori abolió la intelectualidad izquierdista en los 90, por eso también que el cristianismo degolló la critica. No pretendo plantear tampoco una sublimación del intelecto, ni oponerme a que oscuras fuerzas subterráneas sean descubiertas, sin embargo, lo que si es necesario aclarar es que, desde el punto de vista semiótico, existe una contradicción en este discurso intelectual/izquierdista moderno. No existe una manipulación impuesta, como la plantean nuestros chomskianos modernos, lo que existe es mas bien una manipulación de convencimiento, aquí nadie esta sometido y obligado a tener un Facebook o un Twitter (por tomar un burdo ejemplo), aquí estamos simplemente determinados por el convencimiento mercantil, mediante relaciones cognitivas de interacción, lo cual Señor Chomsky, sí es muy diferente a la imposición y esclavización inevitable de “Mr Bushhhhh”.